CAMOVA

Carlos Mora Vanegas

Dentro de los grandes compositores de la opera sin duda alguna esta Gaspare Spontini. Sin duda alguna, durante las primeras dos décadas del siglo XIX, fue una de las figuras más importantes de la ópera seria francesa. Sus obras más exitosas y acabadas son las óperas Fernand Cortez y La Vestale.

Señala Spontini nació el 14 de Noviembre del 1774 en el pequeño pueblo "marchigiano" de Maiolati, cerca de Jesi, posteriormente renombrado Maiolati Spontini. Su familia era campesina, sin embargo su tío le trasmitió una educación elemental, con la esperanza de que llegase a ser cura. También recibió lecciones de música.
En enero 1793, fue admitido en el Conservatorio della Pietà de' Turchini en Nàpoles, donde estudió contrapunto y composición. En 1796, creo su primera opera, aún conocida, I Puntigli delle Donne, con motivo de la invitación del director del Teatro della Pallacorda en Roma, la cual tuvo gran éxito. En los años que siguieron, compuso otras òperas para los teatros de Nàpoles, Venecia y Florencia, antes de reemplazar a Cimarosa como maestro de capilla en la Corte de Palermo en el 1800. En el mismo año escribió al menos tres operas.
El clima, sin embargo, afectó su salud obligándolo a partir. Nunca màs, le tuvo una inspiración artìstica tan fuerte y fluida.
Viajò a Parìs en 1803, pero, no obstante el inicial exito, su suave estilo napolitano no gustò al publicó parisino. Compuso La Vestale, con la colaboraciòn del libretista, Ètienne Jouy. Con esta obra, se gano la admiraciòn de la Emperatriz Josefine, que lo nominó Compositeur particulier; sin embargo ella no hizo nada para reprimir la oposiciòn del Conservatoire de Parìs. En 1807, los estudiantes del Conservatoire interrumpieron con gritos de escàndalo, la exhibiciòn de un Concert Spirituel, compuesto para
la Semana Santa.
Desd
e este momento, su carrera fue perseguida por disensos y rivalidades que se reflejaron negativamente sobre su carácter. En el 1812, fue despedido de su papel de director de la ópera italiana del Thèâtre de l'Empèratrice, aunque fue reintegrado brevemente en 1814. La presentación de su opera Olympie en 1819, cuya culminación le ocupó insólitamente mucho tiempo, fue un fracaso y obtuvo exito sólo después de una larga y profunda revisión.
En 1819, sin embargo, se abrió un nuevo capitulo en su carrera, cuando el Rey Federico Guillermo III de Prussia lo nominó jefe Kapellmeister y director general de música en Berlìn. Este nombramiento inmediatamente lo puso en conflicto con el Conde Brühl, superintendente del Teatro Regio. Esta contraposición se convirtió rápidamente en una rivalidad feroz.
La nueva versión de Olympie fue representada el 14 de Mayo del 1821 y le procurò un exito inmediato, sin embargo destinado a durar muy poco. El 18 de Junio del 1821, la nueva ópera de Weber, Der Freischütz, debutó en Berlìn y reavivó el gusto alemán por un estilo operístico que los Alemanes pudiesen declarar propio. La opiniòn pública estaba dividida entre dos fracciones, el Partido Nacional en favor de Weber y el Rey con su Corte, que continuaron apoyando a Spontini. Meritoriamente, cuando Weber murió en 1826, Spontini condujo una representación de beneficencia de Der Freischütz, para su viuda y sus hijos; no obstante la muerte de Weber, la fama de Spontini continuaba debilitandose.
Procurò conservar su nombramiento en la corte hasta 1842, pero el aislamiento lo llevò a tomar resoluciones desesperadas, para preservar su dignidad, contestando personalmente a cròticas anónimas, incentivando adulaciones imprudentes en la prensa y haciendo todo lo posible para censurar a sus opositores. Todo esto culminò cuando, en respuesta a un ataque, utilizò términos tan encendidos que fue acusado de lése-majestè y reprendido por el Rey. Su carrera se terminò y èl dejò Berlìn fracasado.
En el 1843, había regresado a Maiolati, donde falleciò el 24 de enero del 1851. Está sepultado en la iglesia ciudadana de San Giovanni, debajo de un augusto monumento neo-clàsico, esculpido por Canova.
El pequeño museo Spontini, en la casa donde el músico murió, frente a la iglesia, conserva una colección de sus manuscritos y pertenencias.

El archivo Wagner nos aporta al respecto, que La muerte de Spontini (1851), para quien observa la evolución de la música moderna de ópera, pone término á un fenómeno notable: el de haber sido contemporáneos los tres compositores que representan las tres direcciones principales de ese género artístico. Queremos hablar de Spontini, Rossini y Meyerbeer. Spontini fue el último eslabón de una cadena de compositores cuyo primer anillo forma Gluck; lo que quiso Gluck, lo que fué el primero en acometer metódicamente -la dramatización más completa posible de la cantata de ópera- lo realizó Spontini... hasta donde cabía en esa forma musical.

En el momento en que Spontini afirmaba con sus actos y sus declaraciones que era imposible ir más lejos que él en esa vía, apareció Rossini, el cual, dejando á un lado completamente el objeto dramático de la ópera, puso de relieve y desenvolvió de una manera exclusiva el elemento frívolo y puramente sensual, inherente á ese género. Aparte este contraste, había en el influjo ejercido por ambos músicos esta diferencia esencial: que Spontini y sus predecesores dirigían el gusto del público, merced á la firmeza de sus principios en materia de arte, de suerte que ese público tenía que tomarse el trabajo de penetrar en la intención de los maestros y adoptarla; mientras que, Rossini, lo apartaba de esa disposición estética, cogiéndolo por su lado flaco, por el de la pura sensualidad y la distracción á todo precio, y le sacrificaba su preeminencia de artista, abandonando el derecho de señalar por sí propio lo que debía agradarlo. Si hasta Spontini el compositor dramático conservó frente al público, en interés de una alta concepción artística, la actitud de un hombre que dirige y da el tono, desde Rossini, y mediante él, el público se ha visto en situación de proponer é imponer sus exigencias á propósito de la obra de arte, y esto hasta el punto de que ahora no puede obtener ya nada nuevo del artista, sino sólo variaciones del tema que él mismo ha reclamado.

Meyerbeer, que en su manera derivada de la tendencia rossiniana, adoptaba a priori por código artístico el gusto público preexistente, procuró dejar á sus procedimientos alguna apariencia de principios y de carácter, por consideración á cierta clase de inteligencias; además de seguir la tendencia rossiniana, se apropió la de Spontini, falseando y desnaturalizando las dos, como es de suponer. Sería difícil decir toda la aversión que sintieron Spontini y Rossini por esa explotación y esa mezcla de sus tendencias propias; si su autor hacía el efecto de un camandulero al genio desenfadado de Rossini, Spontini veía en él al artista que había vendido los secretos más inalienables del arte creador.

Muchas veces, durante los triunfos de Meyerbeer, nuestra vista se dirigía involuntariamente hacia aquellos maestros retirados, apenas pertenecientes ya á la vida real, que vislumbraban á distancia en aquella visión de gloria al hombre incomprensible para ellos. La figura artística que más encadenaba nuestras miradas era la de Spontini: aquel hombre podía considerarse con orgullo, pero sin tristeza -porque le guardaba de ello un extraordinario disgusto del presente- el último de los compositores de ópera que consagraron sus esfuerzos con austero entusiasmo y noble voluntad á una idea artística, y cuyo origen se asociaba á una época que ofrecía á los ensayos acometidos para realizar esa idea un tributo universal de estima y de profundo respeto, á que se unían frecuentemente el afecto y el apoyo.

Rossini, con el vigor de su exuberante naturaleza, ha sobrevivido á las variaciones éticas de Bellini y de Donizetti sobre su tema voluptuoso, ese plato suculento para el gusto del público, con que había agasajado al mundo musical; Meyerbeer asiste, al par que nosotros, á sus éxitos, que inflaman al orbe entero de la ópera, y proponen este enigma á las reflexiones del artista: ¿ á qué categoría de las artes públicas pertenece, propiamente hablando, el género ópera?.. Pero Spontini... ha muerto, y con él ha bajado visiblemente á la tumba todo un grande y noble periodo artístico, digno de un respeto profundo: ninguno de los dos pertenece ya á la vida, sino sólo á la historia del arte...

¡Inclinémonos profunda y respetuosamente ante el sarcófago del creador de La Vestal, de Hernán Cortés y de Olimpia!

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