CAMOVA

En la medida que vamos experimentando dentro del tránsito de nuestra vida, estamos trabajando en pro de nuestra madurez, que será bastón determinante en nuestras acciones, e interrelaciones.

La falta de madurez es causa de inestabilidad y frustración en la vida, pues una persona que vive según las pasiones, según las impresiones del momento, no puede hacer una opción en la vida sin dejar de replanteársela, ponerla en duda, traicionarla, muchas veces, perdiendo así tiempo y energías en una serie de obras emprendidas y nunca terminadas.

La madurez es una cualidad de la persona que expresa una elevada perfección humana

Se ha escrito sobre el tema, como lo señala catholic.net, que la madurez humana, en su sentido pleno, consiste en la armonía de la persona. Más que una cualidad aislada, es un estado que consiste en la integración de muchas y muy diversas cualidades; es un compendio de valores más que un solo valor. Podemos comparar la madurez con una obra de arte, con un cuadro de Rembrandt o de Velásquez. Los colores se combinan perfectamente. Todo está en su punto, las líneas, las figuras y las formas, la proporción y la perspectiva. Cada pincelada tiene su valor y cada color resulta indispensable para completar y perfeccionar la obra.
Lo mismo sucede con la madurez. Es armonía y proporción, es combinación e integración de cualidades humanas muy diversas en un conjunto orgánico: voluntad, intelecto, emociones, memoria e imaginación; todas las facultades de una persona humana. Pero no basta que estén presentes todos estos elementos; tiene que haber un orden y una armonía entre ellos. Sobre la paleta del artista descansan todos los colores, pero no por eso forman una obra de arte.
Esta armonía se traduce en la correspondencia perfecta entre lo que uno es y lo que uno profesa ser, y su expresión más convincente es la fidelidad a los propios compromisos. En una persona madura no hay lugar ni para la hipocresía ni para la insinceridad.
Así como una manzana madura es «más manzana», así una persona es más humana cuando alcanza la madurez. Pero a diferencia de lo que ocurre con las manzanas y las demás criaturas, el hombre es capaz de reflexionar sobre su naturaleza y de escoger libremente entre vivir o no de acuerdo con lo que debería ser como persona humana. De este modo, la madurez consiste en la conformidad entre el modo como vivimos y nuestra verdadera naturaleza.
Entre otras cosas, esto implica aceptar el propio estado de vida y actuar con coherencia. Una persona casada madura vive de acuerdo con la naturaleza del estado matrimonial; no se comporta como si fuera soltera -llevando una vida social más activa, quedándose en el trabajo hasta altas horas de la noche, viajando cuando se le ocurre...-. A partir de la boda, sus costumbres y pasatiempos, sus relaciones con los demás y el uso de su tiempo libre tendrán que regirse por el compromiso que libremente ha asumido ante Dios, ante los demás y ante sí mismo. Lo contrario sería vivir en la mentira: decir que se es casado pero comportarse como un soltero.
Madurez significa aceptar las alegrías y las dificultades que conllevan las propias decisiones, como hacen los esposos el día de su boda: «En la prosperidad y en la adversidad, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe». Las personas maduras son capaces de comprometerse sin temor, porque son dueñas de sí mismas y no esclavas de las mudables circunstancias.

Catholic.net nos indica, que la madurez humana consiste en la coherencia entre lo que se es y lo que se profesa, y que tiene su expresión externa más convincente en la fidelidad y responsabilidad en el cumplimiento de los compromisos y deberes contraídos con Dios, con la Iglesia y con los hombres. Para ello es necesario hacer un esfuerzo constante para lograr la capacidad de tomar prudentes decisiones y opciones definitivas, la estabilidad de espíritu, la integración serena de las fuerzas emotivas y de los sentimientos bajo el dominio de la razón y de la voluntad, de la fe y de la caridad, la actitud de apertura y donación constante a los demás, sin excepción de personas, y la rectitud en el modo de juzgar sobre las personas y sobre los acontecimientos de la vida.
La madurez no es una cualidad única, sino una virtud formada por muchos y variados aspectos. Es una gama de actitudes ante la vida.

Se nos invita a tener presente de que se manifiestan alguna ideas erróneas de la madurez,, así para algunos la madurez consiste en llegar a una edad en la que se puede hacer todo lo que se quiera, sin límite.
A veces sucede que, llegando a cierta edad, el joven es considerado automáticamente “maduro”, lo cual implica el derecho a consumir bebidas alcohólicas y frecuentar ciertos lugares reservados para personas “maduras”.
El error fundamental en estos casos, es una concepción unilateral de la madurez. Quienes así piensan se preocupan más de lo que se puede hacer que del por qué hacerlo. Ser maduro es mucho más que poder realizar ciertos actos considerados maduros. En realidad, lo importante es que el joven que llega a esta edad sepa no solamente lo que puede hacer, sino por qué y en función de qué puede hacerlo.
El uso de las cosas tiene que estar determinado por un fin que el mismo hombre pone, y no viceversa. El hombre no toma cualquier carretera por el mero hecho de tener un coche. Para saber qué carretera tomar, es preciso tener una idea de dónde quiere ir. Por eso, es necesario que el joven tenga claro un objetivo de lo que se pretende en la vida, lo cual determinará el uso de los medios que tiene.

Catholic. Net nos aporta la importancia de tener presente algunas cualidades de la naturaleza humana a saber:

  1. Una persona madura se nos presenta como alguien que ha adquirido la capacidad habitual de obrar libremente. Es decir, una persona que hace opciones conscientes y responsables, con estabilidad, sin tener que pasarse la vida replanteándose sus decisiones, sin adquirir una seguridad y una certeza sobre ellas. Esto no se trata de no cometer nunca errores o de no cambiar nunca de opinión, sino de tener claros algunos principios fundamentales en la vida.
    2. Una persona madura ha logrado la adquisición de un dócil y habitual autocontrol emotivo con la integración de las fuerzas emotivas bajo el dominio de la razón. La persona madura no vive a merced de sentimentalismo, impulsos o tendencias, sino que vive de principios, de dominio personal, ce convicciones aunque a veces los sentimientos quieran dominarla. No se aferra a sentimientos o pasiones del momento y recuerda siempre sus principios y su orientación y estado de vida.
    3. Una persona madura se comporta según la autonomía de la propia conciencia personal, es decir, según los dictámenes de una conciencia rectamente formada a la luz de la ley natural y de la fe en Dios. El hombre maduro es capaz de sacar de su interior juicios rectos sobre los acontecimientos y los hombres. Es el que no depende de los criterios de moda o las ideas llamativas que pululan a su alrededor, desde los grandes acontecimientos hasta las cosas normales y cotidianas.
    4. Una persona madura vive en actitud de donación y de apertura, de servicio, de entrega a los demás. Rechaza todo tipo de egoísmo, de encerramiento en sí mismo, de particularismo y de individualismo. En este punto reside la verdadera madurez cristiana, ya que en ocasiones podemos encontrar personas con control, autonomía, que han hecho una opción en la vida aparentemente noble y viven de acuerdo a ella, pero todo centrados en sí mismos. En este caso no es una verdadera madurez cristiana. La principal señal de madurez cristiana es la capacidad de salir de nosotros mismos y ver por las necesidades de los demás.

Una de nuestras grandes metas en el tránsito por este plano, es el consolidar nuestra madurez a fin de emprender acciones que sean trascendentales a favor de nosotros y que ayuden a los demás a originar los cambios básicos para adentrarse en el umbral de una madurez personal y espiritual que nos indique que estuvimos bien presentes en estos lados.

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