CAMOVA

El diario vivir manifiesta tantos hechos que algunos son relevantes y nos dejan lecciones que puedn ayudarnos a crecer, así como también hay dentro de la tradición historia, cuentos que contienen mensaje, información que de reflexionarlo nos aportan conocimientos, estímulos que nos pueden ayudar a crecer, como el caso de los cuentos tibeteanos que aportan luces en nuestro camino por ser cada día mejores y saber aprovechar la oportunidad que se nos da de vivir en este plano físico.

LA PEQUEÑA LUCIERNAGA

Había una vez una comunidad de luciérnagas que habitaba el interior de un gigantesco lampati, uno de los árboles más majestuosos y antiguos de Tailandia. Cada noche, cuando todo se volvía oscuro y apenas se escuchaba el leve murmurar de un cercano río, todas las luciérnagas salían del árbol para mostrar al mundo sus maravillosos destellos. Jugaban a hacer figuras con sus luces, bailando al son de una música inventada para crear un sinfín de centelleos luminosos más resplandeciente que cualquier espectáculo de fuegos artificiales.
Pero entre todas las luciérnagas del lampati había una muy pequeñita a la que no le gustaba salir a volar.
- No, hoy tampoco quiero salir a volar -decía todos los días la pequeña luciérnaga-. Id vosotros que yo estoy muy bien aquí en casita.
Tanto sus padres como sus abuelos, hermanos y amigos esperaban con ilusión la llegada del anochecer para salir de casa y brillar en la oscuridad. Se divertían tanto que no comprendían por qué la pequeña luciérnaga no les quería acompañar. Le insistían una y otra vez, pero no había manera de convencerla. La pequeña luciérnaga siempre se negaba.
-¡Que no quiero salir afuera! -repetía una y otra vez-. ¡Mira que sois pesados!
Toda la colonia de luciérnagas estaba muy preocupada por su pequeña compañera.
-Tenemos que hacer algo -se quejaba su madre-. No puede ser que siempre se quede sola en casa sin salir con nosotros.
-No te preocupes, mujer -la consolaba el padre-. Ya verás como cualquier día de estos sale a volar con nosotros.
Pero los días pasaban y pasaban y la pequeña luciérnaga seguía encerrada en su cuarto.
Una noche, cuando todas las luciérnagas habían salido a volar, la abuela de la pequeña se le acercó y le preguntó con mucha delicadeza:
-¿Qué es lo que ocurre, mi pequeña? ¿Por qué no quieres venir nunca con nosotros a brillar en la oscuridad?
-Es que no me gusta volar-, respondió la pequeña luciérnaga.
-Pero, ¿por qué no te gusta volar ni mostrar tu maravillosa luz? -insistió la abuela luciérnaga.
-Pues... -explicó al fin la pequeña luciérnaga-. Es que para qué voy a salir si nunca podré brillar tanto como la luna. La luna es grande, y muy brillante, y yo a su lado no soy nada. Soy tan diminuta que en comparación parezco una simple chispita. Por eso siempre me quedo en casa, porque nunca podré brillar tanto como la luna.
La abuela había escuchado con atención las razones de su nieta, y le contestó:
-¡Ay, mi niña! hay una cosa de la luna que debería saber y, visto o visto, desconoces. Si al menos salieras de vez en cuando, lo habrías descubierto, pero como siempre te quedas en el árbol, pues no lo sabes.
-¿Qué es lo que he de saber y no sé? -preguntó con impaciencia la pequeña luciérnaga.
-Tienes que saber que la luna no tiene la misma luz todas las noches -le contestó la abuela-. La luna es tan variable que cada día es diferente. Hay días en los que es grande y majestuosa como una pelota, y brilla sin cesar en el cielo. Pero hay otros días en los que se esconde, su brillo desaparece y el mundo se queda completamente a oscuras.
-¿De veras hay noches en las que la luna no sale? -preguntó sorprendida la pequeña luciérnaga.
-Así es -le confirmó la abuela. La luna es muy cambiante. A veces crece y a veces se hace pequeñita. Hay noches en las que es grande y roja y otras en las que desaparece detrás de las nubes. En cambio tú, mi niña, siempre brillarás con la misma fuerza y siempre lo harás con tu propia luz.
La pequeña luciérnaga estaba asombrada ante tal descubrimiento. Nunca se había imaginado que la luna pudiese cambiar y que brillase o se escondiese según los días.
Y a partir de aquel día, la pequeña luciérnaga decidió salir a volar y a bailar con su familia y sus amigos. Así fue como nuestra pequeña amiguita aprendió que cada uno tiene sus cualidades y, por tanto, cada uno debe brillar con su propia luz.

EL CIERVO, LA TORTUGA Y EL PAJARO
Había una vez tres amigos: un ciervo, una tortuga y un pájaro.
Un día, mientras caminaba por el bosque, el ciervo quedó enredado en una red que había colocado un cazador. El ciervo intentó deshacerse de la red, pero al ver que él solo no podía, pidió ayuda a su amiga la tortuga. Ésta se dirigió donde estaba el ciervo atrapado, y empezó a roer las cuerdas una a una para liberarlo.
La tortuga, concentrada en roer las cuerdas, no se dio cuenta de que estaba amaneciendo, pero el cazador, que ya se había despertado, salió de su casa con el arco preparado para ir a recoger a su presa. El pájaro, que lo había visto todo, se puso a revolotear por encima de la cabeza del cazador para distraerle, y así darle tiempo a la tortuga para liberar totalmente al ciervo.
Cuando el cazador llegó al sitio donde había colocado la red y vio que estaba rota y vacía, se enfadó tanto que se dispuso a dispararle una flecha al pájaro. Pero en ese momento, la tortuga le mordió un dedo del pie y el pájaro pudo escapar. Entonces, el cazador cogió a la tortuga, la metió en su bolsa y se fue.
A mitad de camino, al cazador le entró hambre y se sentó bajo un árbol a comer. Aprovechando que estaba distraído, el ciervo se acercó por detrás sin hacer ruido y, muy despacio, levantó la bolsa donde estaba la tortuga con sus cuernos y huyó lejos del cazador, donde el pájaro ya los estaba esperando. En cuanto llegaron, el pájaro se lanzó encima de la bolsa y empezó a picotearla hasta que consiguió liberar a la tortuga.

EN BUSCA DEL HOMBRE HONRADO

Había una vez un hombre muy pobre a quien arrestaron por robar una pipa vieja.
Una vez en la cárcel, tanto los jueces como los carceleros se olvidaron de él y pasó mucho tiempo sin que se le juzgara. De manera que empezó a pensar en cómo podría salir de allí. Como por la fuerza no podía escapar, pensó en algún truco astuto que le permitiera recuperar la libertad. Así que un día llamó al carcelero y le dijo que le llevara ante el rey.
- ¿Y para qué quieres tú ver al rey? ? le preguntó el carcelero.
- Porque tengo un tesoro muy valioso para él ? respondió el preso.
Entonces lo llevaron hasta la sala del trono.
- ¿Cuál es ese tesoro tan importante que tienes para mí? ? dijo el rey.
En ese momento, el preso sacó un pañuelo de su bolsillo, lo abrió y mostró al monarca una semilla.
- Su majestad, esta semilla es muy especial. Si la planta una persona honrada, que nunca haya robado ni mentido, crecerá de ella un peral en el que madurarán peras de oro. Si no es así, el peral sólo ofrecerá las peras de siempre. Así que se la ofrezco a usted, que seguramente nunca habréis robado ni engañado a nadie ? explicó el preso mientras hacía una reverencia.
- ¡Vaya! ? exclamó el rey, que recordó que una vez cuando era pequeño había robado una moneda de oro a su madre.
- Bien, que la plante vuestro canciller, entonces ? dijo el preso.
- ¡Vaya! ? exclamó también el canciller, que se dejaba corromper fácilmente.
- Que lo intente entonces el comandante del ejército real ? propuso el preso.
- Pero yo no sirvo para jardinero ? se excusó el comandante, que solía reducir la paga de sus soldados para engrosar las monedas de su bolsillo.
- Entonces que lo haga el juez ? sugirió el preso.
Pero tampoco el juez quiso plantar la semilla, porque sus veredictos solían depender de los sobornos que recibía.
Ante tantas negativas, el preso se puso a reír y dijo:
- Todos vosotros, aunque tengáis cargos importantes, robáis, mentís y engañáis y no por eso estáis en la cárcel. Y yo, que robé tan sólo una pipa vieja, debo seguir encerrado.
El rey también se rió y, ante tal argumento, ordenó que dejaran al preso en libertad.

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