CAMOVA

Lo que llamamos progreso es el intercambio de una molestia a otra.

James Ellis

La imaginación es más importante que el conocimiento.

Albert Einstein

Desde hace tiempo, se ha venido percibiendo con mucha preocupación como el sector industrial venezolano ha entrado en una crisis muy seria, afectando la productividad de muchos productos, especialmente los alimenticios, productos que se importan , conllevando a ello a una parálisis de algunas empresas, especialmente pymes, en donde sus propietarios han decidido cerrarlas.

Al respecto el economista José Guerra comenta sobre esta realidad, que desde luego hay que afrontarla, antes que las consecuencias pueden ser graves, que genere un costo social sumamente peligroso para los venezolanos, al respecto dice: “Siempre fue Venezuela un país sujeto al abastecimiento exterior para la satisfacción de sus necesidades básicas de alimentos pero ese comportamiento se ha exacerbado peligrosamente durante la administración del presidente Hugo Chávez. Son varios los factores que hoy conspiran contra la industria nacional.

En primer lugar un clima antiempresarial que desde las altas esferas del gobierno se ha instalado como política de Estado, lo que se ha expresado en un ambiente de persecución contra la gente que trabaja y produce. Basta observar la actitud de los funcionarios del Ministerio de Industria Ligeras y Comercio (Milco) para valorar adecuadamente el alcance de una estrategia que concibe a los empresarios no como aliados sino como enemigos a los cuales hay que arrinconar y destruir. En segundo lugar, el control de precios se ha traducido en una herramienta muy poderosa en manos del gobierno para liquidar la rentabilidad del sector productor al no reconocerles los aumentos de los costos de producción, entre otros la mano de obra y los servicios. Una actividad económica sin rentabilidad está condenada al fracaso porque no genera ingresos para poder invertir. En tercer lugar hay que mencionar el control de cambio que se expresa en restricciones para la adquisición oportuna de divisas fundamentales para la manufactura de bienes nacionales, situación que se traduce en la postergación y retrasos de procesos de producción o en su encarecimiento. Como cuarto elemento debe señalarse la sobrevaluación de la moneda nacional lo cual ha propiciado un incremento desmedido de las importaciones y la extinción de las exportaciones no petroleras, todo ello en detrimento de la producción nacional. Entre 1999 y 2008 las importaciones saltaron desde US$ 14.492 millones hasta US$ 45.000 millones, lo que denota un crecimiento acumulado de 210%. Por esa razón para todos fines prácticos Venezuela es una economía de puertos que produce poco e importa mucho. Las escasas industrias que antes exportaban ya no lo hacen como han sido los casos de Sidor y Cemex, ahora en manos del Estado.

Si lo anterior no bastara, se ha sumado un clima de conflictividad laboral fomentada desde el gobierno mediante la constitución de sindicatos paralelos que por cualquier motivo y sin ninguna causa justificada paralizan las empresas y detienen la producción. Ese ha sido el caso de las compañías automotrices cuya producción ha disminuido más de 20% con el consiguiente efecto sobre la caída de la oferta de vehículos y la subida de los precios. De esta manera, se conforma un cuadro que se agrava en la medida en que el gobierno no diseñas políticas claras y estables para un sector clave en el relanzamiento de la economía nacional. Así, con cifras del BCV y estimaciones propias en el gráfico se describe la declinación de la producción de la industria manufacturera nacional con su efecto en la pérdida de empleos bien remunerados y con seguridad social para ser sustituidos por un enjambre de vendedores de productos importados que entran por las aduanas para luego ser transados en los centros comerciales, que cada día se construyen para la negociación de bienes fabricados en el exterior, dando una sensación de prosperidad cuando lo que se escande detrás de ello es un mundo ficticio y artificial que no crea bienestar permanente”.

Lo expresado y bien analizado por José Guerra, es un hecho cierto que debe preocuparnos, dado a lo que involucra en nuestro desarrollo y lo que representa el seguir condenado a la dependencia de la importación, a la ausencia de posibilidades de inmediato que de aperturas a que se ocupe la mano laboral del país, con empresas que realmente sepan aprovechar las mismas oportunidades que el Estado esta ofreciendo con respecto a su nueva Política de Comercio Exterior, en la que se están dando Alianzas con países desarrollados y en donde, el parque industrial venezolano, si estuviese productivo, ofreciendo productos de calidad podrían incursionar en nuevos mercados que le favorezca.

Es muy significativo la realidad del número de pymes que han dejado de operar y las que aun se mantienen no cuentan con el apoyo del Estado para generar los cambios tecnológicos, operaciones s que le favorezcan y ser competitivas.

El Gobierno nacional si tuviese esa visión de integración de fuerzas en pro de sus objetivos, de que realmente su revolución favoreciera al país en pro de un socialismo justo, productivo, jamás podría descuidar el rol del sector empresarial y buscaría la manera de cómo integrarlo en sus programas económicos, en su nueva política de comercio Exterior a fin de que se aproveche la oportunidad de incorporarse en nuevos mercados en base de las alianzas bilaterales que ha estado haciendo

No cabe la menor duda, que la opinión final que manifiesta Guerra sobre esta realidad, no puede ser ignorada por los que realmente aspiran por una Venezuela libre, más dinámica, operativa. Integrada positivamente en las oportunidades que la Globalización moderna presenta a favor de aquellos países que mantienen un parque industrial activo, innovador a favor de la economía del país que pertenecen.

Guerra nos dice, esta es la Venezuela que cierra 2008 con un comportamiento mediocre de su industria, el principal sector según su contribución a la generación del Producto Interno Bruto (PIB) y con un gobierno que optó por sacrificar la producción nacional para darle cabida a una vorágine importadora que ahora se alza contra el empleo nacional. Se destruyó la industria doméstica y hoy cuando las divisas comienzan a escasear, Venezuela va a pagar un alto precio por una política suicida que pretendiendo el desarrollo endógeno hizo todo lo contrario.

Todavía confiamos, que el Gobierno nacional rectifique sus políticas económicas, cuente con equipos de asesoramiento en lo económico, productivo que mida el alcance, las repercusiones que genera el tener programas que sepan utilizar la fuerza industrial y apoyen esas nuevas aperturas en función de hacerla participar, dando paso a que muchas empresas activen su operatividad y le garanticen al país ingresos en beneficio de todos los venezolanos.