Carlos Mora Vanegas
La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar. Thomas Chalmers
Mientras permanecemos con vida en esta dimensión, nos corresponde a cada uno encontrar esa felicidad a la que se tiene derecho. Debemos estar atentos en todo aquello que nos propicie felicidad, como también ante todo lo que le evita, sorprendernos auténticos en nuestra manifestación por su logros, sin dar paso a la dependencias, a todo lo que puede generar sufrimiento en pro de mantener la felicidad, aun si quienes nos acompañan en ella desaparecen.
Wikipedia nos indica, que la felicidad es un estado del ánimo resultado de una actividad neural fluida en la que los factores internos y externos interactúan estimulando el sistema límbico. En dicho proceso se pueden experimentar emociones derivadas
Hay quienes piensan que la felicidad depende de uno mismo, de lo 'fuerte' que uno sea, de lo valiente, espabilado, sagaz, capaz... en definitiva, de cualidades que son dependientes de otros factores que nada tienen que ver con el estado de flujo asociado a la felicidad, y que por efecto de esta, experimentamos las otras. La personalidad es la región de nuestra mente que administra los recursos, marca prioridades y establece objetivos; pero no es capaz de imbuirnos estados anímicos, estos son el resultado de la suma de procesos neuroquímicos en los que nuestra persona poco o nada tiene que ver. Podremos favorecer o dificultar que sucedan, pero no impedirlos.
Con mucho interés se ha escrito sobre este tema, hay un gran número de páginas que expresan el sentir de quienes las han escrito de acuerdo a su percepción, así se encuentra por ejemplo, lo que nos aportan las Pequeñas Hermanas de Jesús, una comunidad de religiosas francesas, que elaboró una serie de aforismos para una vida de buenaventura. O sea, una vida feliz. Estos son algunos de ellos:
- Bienaventurados los que se ríen de sí mismos, porque siempre tendrán abundante conversación.
- Bienaventurados los que distinguen una montaña de un montículo, porque se ahorrarán muchos disgustos.
- Bienaventurados los que callan y escuchan, porque aprenderán cosas nuevas.
- Bienaventurados los que escuchan la llamada del prójimo sin creerse insustituibles, porque sembrarán alegría.
- Bienaventurados los que sepan ver las cosas pequeñas con seriedad y las grandes con tranquilidad, porque llegarán lejos en la vida.
- Bienaventurados los que puedan contemplar con benevolencia el comportamiento de los otros, incluso cuando las apariencias indiquen lo contrario, porque, aunque los tomen por ingenuos, ése es el precio del amor.
Por su parte, el catalán José Ferrater Mora (1912-1991) en su diccionario filosófico en donde recuerda las variadas perspectivas desde las cuales se intentó definir la felicidad. Así comenta, que para San Agustín era el fin de la sabiduría y para Santo Tomás, "un bien perfecto de naturaleza espiritual".
Se nos agrega además, que Aristóteles (con Platón y Sócrates motores iniciales del pensamiento occidental) identificaba la felicidad con las "mejores actividades". Luego, se trata de saber cuáles son esas mejores actividades. Por este motivo, para Ferrater Mora el concepto de felicidad es vacío si no se refiere a aquello que la produce. Aristóteles, en realidad, justificaba todo aquello que conduce a la felicidad, a la que consideraba como un fin y que entendía como un estado de plenitud y armonía del alma.
Para Emanuel Kant, el gran filósofo idealista del siglo dieciocho, figura esencial para la concepción de la ética, no creía que la felicidad fuera un fin en sí mismo. Kant ponía el acento en la voluntad que guía los actos humanos y sostenía, que estas acciones debían apuntar a la libertad, la dignidad, la verdad, y a convertirse en leyes válidas para todos. Si esto ocurriese, sobrevendría una consecuencia llamada felicidad.
Se ha escrito también en pro de la relevancia del tema, que en el transcurrir del tiempo, muchos años después, ya en el siglo veinte, el médico y filósofo Víctor Frankl avanzaría en esa misma dirección. "Lo que el ser humano quiere realmente no es la felicidad en sí, decía, sino un fundamento para ser feliz. Si tenemos ese fundamento, la felicidad vendrá por sí misma, y cuando menos nos preocupemos de ella, más seguros podemos estar." Quizás aquí esté, después de todo, el quid de la cuestión, nos señala Sergio Sinay y al respecto formula las siguientes preguntas: ¿Puede ser la felicidad una meta? ¿Puede ser atrapada, medida, envasada, pesada, planificada? ¿Puede ser encargada de acuerdo con nuestro talle? ¿O es consecuencia de nuestras acciones, algo que nos alcanza sin anuncio previo, cuando estamos comprometidos en vivir una vida con propósito, ligada a valores que trascienden la inmediatez y lo material?
Nos agrega Sinay, que quienes una y otra vez emprenden mediciones estadísticas u observan conductas humanas como quien espía a conejitos de indias en cámaras vidriadas, parecen creer que, en efecto, se puede obtener la fórmula de la felicidad y, además, que es posible difundirla y convertirla en un nuevo bien de consumo. Sin embargo, este tipo de experimentos no suele ir más allá de una reiterada e insuficiente equiparación entre felicidad y placer o felicidad y bienestar. De hecho, pensaba Frankl, el placer (como el poder) puede ser un fin en sí. El placer y el poder no nos permiten ir más de allá de nosotros mismos, nos exigen desentendernos de los otros para dedicarnos a su siempre imposible perpetuación.
En cuanto al bienestar, que en las encuestas se suele usar como equivalente de felicidad, Manfred Linz, investigador del Instituto Wuppertal, de Alemania, en donde dirige el proyecto Ecosuficiencia y Calidad de Vida lo define como un compuesto de tres elementos: a) riqueza de bienes, b) riqueza de tiempo y c) riqueza relacional.
Nos recuerda Sinay, que una buena noticia para estos tiempos de crisis es que, al parecer, la riqueza de bienes no asegura la felicidad. Pruebas al canto: en La pérdida de la felicidad en las democracias de mercado, el investigador Robert Lane concluye que, una vez dejada atrás la línea de la pobreza, no está claro que el dinero y el consumo proporcionen felicidad. Muestra Lane cómo, según miles de encuestas, entre 1948 y 1970 los salarios en Estados Unidos se duplicaron, mientras que la cantidad de personas que se manifestaban felices no aumentó. Entre 1975 y 1995 el producto bruto interno de ese país se incrementó en un 40 por ciento, pero la curva de la felicidad se mantuvo inmóvil. Las otras dos riquezas, en cambio, pueden incrementarse aun (o especialmente) en tiempos difíciles. La riqueza relacional se refiere a nuestros vínculos, a la variedad y profundidad de éstos, a las experiencias compartidas con otros, a los proyectos comunes en los que prevalece el factor humano; se trata del reconocimiento, del respeto, del afecto que circula. Y cultivar esta riqueza necesita de la otra: la de tiempo. Están íntimamente relacionadas entre sí, pero no necesariamente con la riqueza de bienes. "Aspirar a cada vez más bienes, dice Linz, a cada vez más cantidades de todo lo que me pueda permitir, suele ir en detrimento del tiempo disponible y de las relaciones logradas. Y cuando me importa demasiado lo que desearía poseer, eso menoscaba la satisfacción de disponer de mi propio tiempo y vincularme con otras personas."
Ante esa pregunta, Víctor Frankl respondería, como lo hace en El hombre doliente, que "la felicidad no se puede fabricar. Sólo puedo ser humano y realizar mi individualidad en la medida en que me trasciendo a mí mismo de cara a algo o a alguien que está en el mundo. Ese algo o alguien es lo que debo tener presente". Trascender, en ese sentido, es encontrar el sentido de la propia vida, los valores que la sustentarán, los otros que la compartirán. La voluntad ética que la sostendrá. En la era del derrumbe de las bolsas de valores (económicos, mensurables), son otros valores los que podrán constituir la felicidad que nos alcance. "La felicidad -decía el ya nombrado Kant- tiene un valor relativo frente a la buena voluntad, ya que la felicidad del malvado genera repulsión al observador objetivo, como si sólo fuéramos dignos de ser felices cuando poseemos una buena voluntad".
Sinay agrega una valiosa aportación, cuando nos indica, que acaso sea más acertado compararla con la estela que deja en el agua una embarcación cuando navega. Es decir, no está delante de nosotros, esperando a que lleguemos a ella, sino que aparece como una consecuencia de nuestras decisiones, nuestras elecciones, nuestro propósito. El agua es la vida, la embarcación es nuestra vida, la estela es la felicidad. No hay huella si no hay navegación, y ninguna embarcación navega por una estela prefijada. La produce al pasar. Si hubiera alguna fórmula para la felicidad, seguramente no estará en las estadísticas ni en las encuestas. Nadie puede prometerla. Quizá ni siquiera pueda afirmarse que la felicidad sea un derecho o un deber. Es siempre una consecuencia. La consecuencia de una manera de vivir. Si nos hacemos responsables de nuestra vida, no deberemos esperar que otros nos hagan felices, y tampoco otros resultarán culpables de que no lo seamos.
Por último, hay que recordar a Martin Seligman, uno de los fundadores de la psicología positiva, quien menciona en su libro felicidad auténtica que la felicidad es como un conjunto de:
- Emociones positivas: Tales como éxtasis y la comodidad.
- Actividades positivas: Tales como la concentración y el cumplimiento de nuestras tareas.
Lo cierto, que cada uno de nosotros, experimenta la felicidad y le da el valor de a cuerdo a su manifestación. La felicidad es propia y su alcance y repercusión es propio.

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