Rimbaud
CAMOVA
Renuncia sólo cuando estés bajo tierra. Proverbio
Al examinar la biografía de Rimbaud, encontramos que su renuncia a la poesía, paso a ser uno de los misterios literarios que pareciera no tener explicación, como lo comentan algunos. Todo parece indicar que en cierta ocasión señaló Morand; como si una fatalidad interior lo dirigiera de manera impecable a encerrarse en un silencio que guardaría hasta el fin. Recuérdese que en mayo de 1873, escribió a Ernest Delahaye, a propósito de Una temporada en el infierno, mi suerte depende de este libro. Tres meses más tarde se desinteresó por completo de él. La sola idea de continuar una existencia de hombres de letras le da náuseas.
En una oportunidad uno de sus amigos le escribió elogiando sus poemas y aludiendo a su creciente celebridad. Rimbaud, le disgustó leer esta carta, lanzando- dice el señor Banday, su patrón- un bufido de jabalí.
Se comenta que para algunos, la renuncia a su genio fue el acto supremo de rebeldía de un poeta en protesta, un asentimiento al peor nihilismo. Su silencio, más que una actitud, es otra forma de lenguaje. Afirma con él que antes había expresado en el poema y mediante el poema. Por otra parte, se sostiene también que Rimbaud nunca dejo de escribir; que sus exploraciones por los territorios desconocidos de Abisinia equivalen a sus viajes poéticos por el mundo desconocido de las palabras.
Morand, señal, que ambas son interpretaciones del fenómeno que carecen de un testimonio que las respalde y las confirme. En cambio, la deserción total de Rimbaud de la poesía, si lo tiene. Es uno solo y rotundo: su renuncia a seguir escribiendo, sus cartas de una prosa seca y ramplona, un abandono a toda voluntad de estilo.
Se conoce también, que a los 19 años de edad, Rimbaud, pierde- no se sabe por qué. Dos facultades que eran atributos de su gran genio, una, la pérdida de la facultad de ver.
Había sido un vidente que percibía lo real con ojos que no son los nuestros. Se dice que trasmutaba en realidad universal lo que para cualquier persona era simplemente una sensación ordinaria. Todo parece indicar que se desdoblaba, se despersonificaba a su antojo. La otra, la de descubrir un lenguaje, encontrar un idioma, que se entiende claramente en el párrafo de su extraordinaria carta de un vidente, le permite asumir a la humanidad y hasta a los animales, hacer sentir, palpar, escuchar sus invenciones.
Téngase presente además, que Rimbaud había soñado con un idioma que todos entenderían, que lo expresara todo, es decir un lenguaje universal y preternatural.
Esa fuente creadora, en el transcurso de cinco años más se detuvo y todo parece indicar que sus dones desaparecieron, así dice Morand: el poeta ha comenzado a ver un árbol como un simple árbol; el barco es simplemente un barco; en vez de una escuela de tambores hecha por los arcángeles, hay una fábrica. Todo entonces parece indica que Rimbaud ha preferido el silencio y nos deja esa huella como un testimonio de su renuncia.
Jesús David Curbelo nos aporta al respecto, que el paradigma de la renuncia a la poesía lo constituye Rimbaud: el niño prodigio que entre los doce y los veinte años escribió unos poemas que estremecerían los cimientos de la lírica occidental hasta el colapso y, luego, abandonó la literatura para buscar la libertad de ser normal, algo que le estaba vedado desde su posición de genio, visionario y profeta. En diferentes textos anteriores he comentado el caso Rimbaud, sobre todo al abordar el tema del exilio ("El exilio y el reino"), el poema en prosa ("Casta de malditos") y la necesidad de ruptura ("Con el diablo en el cuerpo"), por lo que remito a ellos para no repetir la tesis del silencio como autoaniquilación, como remedo de la caída original, como holocausto del poeta que ansía suplir con su entrega la ausencia de Dios. Un ejemplo inmejorable de la dicotomía soberbia-silencio. Y también una avalancha de especulaciones: ¿qué sería de la expresión poética occidental sin los aportes de Rimbaud?, ¿qué hubiera sucedido si el majadero joven no renuncia por completo a la vida literaria y a la escritura?, ¿acaso aparecerán un día textos inéditos del Rimbaud traficante en Abisinia?, ¿o terminaremos por enterarnos de buena tinta que no pasó de ser un efebo a quien el enfebrecido Verlaine le redactó, para que las firmara suyas y así lograr mantenerlo a su lado alimentándole la vanidad, unas piezas disparatadas que, vaya contrasentido, fueron infinitamente superiores a los poemas que el viejo Paul escribiera bajo su propio nombre? Un personaje de novela, de La Novela de La Poesía.


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