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Un primero de Mayo de un año más en este calendario humano del planeta Tierra,  en donde se celebrará el día del trabajo, actividad que hacemos diariamente, especialmente lo que de alguna forma aportan sus conocimientos, habilidades, destrezas tanto físicas, como psíquicas  a fin de obtener el sustento que le permita adquirir sus alimentos, sostener a a familia y colaborar con el desarrollo del país en donde moran.

Muy asertivo lo que destaca Marcos Aguinis, que el trabajo ya no es considerado una maldición: la maldición es el desempleo. Surgieron nuevas formas de abuso contra los trabajadores de todos los niveles, que debemos enfrentar con redoblada energía. Cito algunos. El robo de sindicalistas millonarios a los trabajadores de sus respectivos gremios. La rapiña del Estado, que no defiende los intereses del pueblo, sino de quienes lo usan para engordar sus bolsillos y mantenerse en el poder. Los subsidios que equivalen al pescado y nunca a la caña de pescar. La desvalorización de la cultura del esfuerzo y la decencia, que generan males sociales gravísimos, como el crimen y la droga. La manipulación de la pobreza y de la ignorancia mediante un impúdico y sostenido soborno. La peste de mafias que usan y prostituyen a los niños.

En un interesante escrito sobre ello en el Diario la Nación de Buenos Aires,  Marcos Aguinis señala, que el trabajo parecía una condena literal, hasta hace poco. Sin embargo, ninguna persona digna mencionada en las Escrituras dejaba de trabajar, sean patriarcas, jueces, profetas o rabinos. Como si no fuera suficiente, se reitera a menudo una encendida crítica a la explotación, a la codicia y a la insolidaridad de los hombres. Desde tiempos remotos, en la Biblia se ordenó ajustar el trabajo a la fisiología del hombre, de los animales y de la tierra: descanso semanal, año sabático, jubileo. Pero la explotación, la codicia y la insolidaridad se impusieron sobre la sabiduría. Entonces, el trabajo se convirtió en esclavitud y en abuso. Muchos levantamientos -el de Espartaco fue uno de los épicos emblemas- respondieron a las condiciones intolerables que los privilegiados imponían a los trabajadores de todos los tiempos y lugares.

Cuando llegó la revolución industrial, en el siglo XVIII, empezó un progreso sin precedentes. La inspiraron el pensamiento crítico, el amor a la libertad, la limitación del poder gobernante y el florecimiento de la ciencia. Pero esas cualidades se corrompieron por causa de la opresión despiadada que aplicaron los dominadores sobre los más débiles, opresión condenada por la Ilustración y por la Biblia con luz intensa, cuyo resplandor se recitaba mientras se hacía lo contrario. La revolución industrial trajo tanto progreso, que en cien años logró más avances que desde la prehistoria hasta ese momento, según confesaron nada menos que Marx y Engels en su Manifiesto  comunista (1848). Pero venía acompañada por una explotación arcaica, cruel, de hombres, mujeres y niños que autores como Dickens, Zola, Gorki y otros genios pintaron con sublime pluma.

Se llega al origen del día del trabajo y como lo comenta Agunis, Estados Unidos progresaba con más rapidez que Europa por la inteligencia de las leyes que pudieron establecer sobre bases firmes sus padres fundadores. Pero mantenían una increíble negación frente a dos injusticias enormes, que se fueron corrigiendo gracias a la solidez de sus instituciones: la esclavitud y la explotación inicua del obrero. Empezó así.

En 1829 se formó un movimiento para exigir a la legislatura de Nueva York la jornada laboral de 8 horas. Hasta ese momento, la ley prohibía exigir una jornada que excediera... ¡las 18 horas, salvo caso de necesidad! No tuvieron éxito. Mientras, Chicago se había transformado en la segunda ciudad del país. La mayor parte de los obreros estaban afiliados a la Orden de los Caballeros del Trabajo o la Federación Estadounidense del Trabajo. Más de medio siglo después del frustrado petitorio en Nueva York, un congreso obrero decidió ir a la huelga el 1° de mayo de 1886 para conseguir de una buena vez la jornada de 8 horas. Era una acción desesperada.

Un panfleto anónimo de la época relata cómo fue ese día histórico. Dice que reinaba un clima hermoso. El fuerte viento proveniente del lago, con frecuencia inclemente en primavera, había amainado y se gozaba del sol. El sábado era laborable, pero lucía calmo en más de un aspecto: las fábricas paradas y vacías por la huelga, los almacenes cerrados, las calles desiertas, los conductores ociosos, las construcciones detenidas y ninguna columna de humo surgía de las chimeneas. Muchos trabajadores reían, charlaban, bromeaban y estaban vestidos toscamente de domingo, acompañados por sus esposas e hijos. Pero el enemigo los acechaba desde sitios estratégicos. a los lados de las calles había policías armados y agentes especiales para "hacer respetar la ley y el orden". Desde los techos, asomaban rifles. Mil trescientos miembros de la Guardia Nacional se habían acuartelado. El Estado quería salvar la ciudad del insulto que significaba una jornada laboral de 8 horas. En Chicago, era frecuente que se rompieran las reuniones de trabajadores con garrotazos y cárcel. Se añadía un componente xenófobo, porque se consideraba a los líderes huelguistas como extranjeros que venían a destruir el país. Las palabras anarquismo y socialismo fueron demonizadas. Se admiraba al juez Charles Lynch que, en 1780, ordenó la ejecución de una banda de conservadores ( tories, para colmo) sin dar lugar a un juicio. Desde entonces se escuchaba: "Los postes de luz de Chicago serán decorados con el esqueleto de un socialista para que no propague el incendio".

Ese 1° de mayo de 1886 no hubo derramamiento de sangre. Pero la huelga continuó. El lunes fueron atacados los obreros despedidos de la fábrica McCormick. La policía se presentó con los revólveres desenfundados e hizo fuego contra la multitud en desbandada y mató a numerosos hombres que huían. Entonces, los dirigentes obreros decidieron convocar a un acto de protesta en la plaza Haymarket, con el debido permiso del alcalde.

Pero las "fuerzas del orden" causaron el "desorden" y provocaron nuevos muertos y medio centenar de heridos. Luego se inició la causa contra 31 dirigentes obreros, que fueron limitados a ocho. El juicio fue irregular en forma y fondo, al extremo de que se lo empezó a llamar "juicio farsa". Tres de los reos fueron condenados a prisión y cinco, a la horca. Uno de éstos se suicidó. Ese mismo año, el presidente Andrew Jonson promulgó la ley que establecía la jornada laboral de 8 horas. No fue estéril la lucha. Avanzaba el país, avanzaba la racionalidad, avanzaba la justicia. La Segunda Internacional Socialista reunida en París realizó un homenaje a "los mártires de Chicago" y consagró el 1° de Mayo como el Día del Trabajo. Desde entonces, se acrecentaron con rapidez las conquistas de los trabajadores en todos los campos. Después de la Primera Guerra Mundial, por el Tratado de Versalles, se creó la OIT (Organización Internacional del Trabajo) y en su primera reunión, celebrada en Washington, se aprobaron normas respecto de la jornada laboral, el desempleo, la protección de la maternidad, el trabajo nocturno y el cuidado de los niños.

A finales de mayo de 1886 varios sectores patronales accedieron a otorgar la jornada de 8 horas a varios centenares de miles de obreros. El éxito fue tal, que la Federación de Gremios y Uniones Organizadas expresó su júbilo con estas palabras: «Jamás en la historia de este país ha habido un levantamiento tan general entre las masas industriales. El deseo de una disminución de la jornada de trabajo ha impulsado a millones de trabajadores a afiliarse a las organizaciones existentes, cuando hasta ahora habían permanecido indiferentes a la agitación sindical».

La consecución de la jornada de 8 horas marcó un punto de inlfexión en el movimiento obrero mundial. El propio Federico Engels en el prefacio de la edición alemana de 1890 de El manifiesto comunista dice:

Pues hoy en el momento en que escribo estas líneas, el proletariado de Europa y América pasa revista a sus fuerzas, movilizadas por vez primera en un solo ejercito, bajo una sola bandera y para un solo objetivo inmediato: la fijación legal de la jornada normal de ocho horas, proclamada ya en 1866 por el Congreso de la Internacional celebrado en Ginebra y de nuevo en 1889 por el Congreso obrero de Paris. El espectáculo de hoy demostrara a los capitalistas y a los terratenientes de todos los países que, en efecto, los proletarios de todos los países están unidos. !Oh, si Marx es tuviese a mi lado para verlo con sus propios ojos

Definitivamente como lo indica Wikipedia, en la actualidad, muchos países rememoran el Primero de Mayo como el origen del movimiento obrero moderno. Hay algunos que no lo hacen, siendo en general países de colonización británica, como Estados Unidos de Norteamérica y Canadá, que celebran el Labor Day (Día del Trabajo) el primer lunes de septiembre; Nueva Zelanda  el cuarto lunes de octubre. En Australia, cada estado federal decide la fecha de celebración: el primer lunes de octubre en el Territorio de la Capitai Australiana, Nueva Gales del Sur y Australia Meridional; el segundo lunes de marzo, en Victoria y Tasmania; el primer lunes de marzo, en Australia Occidental; y el primero de mayo en Queensland y el Territorio del Norte.

En Venezuela se celebra por primera vez en Maracaibo, el 1º de mayo de 1936. En 1945, el general Medina Angarita, Presidente de Venezuela, establece por decreto el Primero de Mayo como el Día del Trabajador, trasladando su celebración del 24 de julio fijada por López Contreras según decreto del 18 de abril de 1938.Rómulo Betancourt va más allá. La Junta Revolucionaria de Gobierno, encabezada por él, dicta un decreto el 27 de abril de 1946, en el que considera que en la forma en que fue decretado el Día del Trabajador por el gobierno de Medina Angarita «lejos de beneficiar a los trabajadores y de constituir un reconocimiento a los esfuerzos de éstos, los priva del salario que ha debido acordárseles esa fecha en caso de no realizarse las labores.» Por lo tanto, «el Primero de Mayo decretado Día del Trabajador se declara feriado y de remuneración obligatoria para los trabajadores en general, incluyendo los que efectúen sus labores en la agricultura y en la cría.